Seguidores

jueves, 21 de noviembre de 2013

JUAN GARCÍA CAMPAL "EL DIA EN QUE ME VI RENACER"












OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
Del día en que me vi renacer
Eran unos días de esos en que, aún siendo verano, a uno lo habita el invierno y todo es frío y lento gotear de carámbanos que se deshacen tal que ilusiones y sueños y en que hasta la más cálida de las miradas, la más dulce de las sonrisas de cualquier viandante, más que regalos, te parecen acusaciones, constataciones, de carencias y, como desnudándote, aún te dejan más a la intemperie de la vida y sus cosas...
15/11/2013

DEL CUADERNO CASI DIARIO
... Días de esos en que hasta los mejores recuerdos producen escalofríos. Unos de esos días en que uno desea que se alarguen las noches y gustaría de ser capaz de regresar al seno materno. No recuerda uno que allí le hiciesen preguntas, le exigiesen nada, y como que guardas el arcaico, abisal recuerdo de que allí sólo tenías que ser y estar, sin más, sin conciencia de nada, acaso, sin duda, en paz. Aunque fuese ésta de la falsa, de la que produce la ignorancia. Eran unos de esos días, ya digo, en que, a uno, sentirse hecho polvo le parece cosa ligera, volátil, porque lo que se siente, en verdad, es hecho lodo, barro, y nota el peso de todo el absurdo, de todo el vacío, de la nada toda.  
Por no faltar a la cita, por no robarle la vida que el tiempo es a quien me esperaba, me encomendé al otoño que nacía, de su mano fui, confieso, sin más propósito que vivir el tiempo –¡qué crimen matarlo!-, que despistar al propio frío en alguna calle, que, quizás, sin decírmelo, darme esquinazo a mí mismo. 
Y así, tras un callejear en zigzag y con mi habitual retraso –ignoro en dónde perdí esos minutos imposibles de recuperar– llegué a la segura, amistosa y acogedora casa, porque es casa, de Irene y Fran que es Kanya Enmarcación, donde se obra el milagro de embellecer aún más el arte, diría de completarlo, tanto que creo debería llamarse Kanya Enm-Arte-cación, pues se practica allí el arte de enmarcar arte.
Allí estaba ya Charo Acera dispuesta a una nueva jornada de su proyecto “Posa para mí”, allí Lucía G. Acera con su cámara de fotos dispuesta a levantar acta gráfica y allí mi viva, exacta y cierta representación, la pella de barro; allí también mi humana apariencia recién llegada con sus fríos dispuesta a posar, a dejarse modelar. No habría de qué ser modelo.
Desconozco el lenguaje propio del arte escultórico, pero recuerdo la plasticidad de las manos, de cada uno de los gestos de los dedos de Charo, su acariciar el barro, el amplio repertorio de presiones, sus estudiosas miradas que junto a sus sonrisas me iban llevando del frío y el vacío al barro, trayéndome desde él antiguas memorias, enseñanzas, exigencias vitales. 
Se iban mis fríos y regresaban, sí, muchas vitales cosas, esas que sé conforman mi “dudosa filiación. Pues contra todo pronóstico y tradición… de ella, una mujer, ¡toda una mujer!, me (le)  viene la fortaleza, y de él, un hombre, ¡todo un hombre!, la ternura”. Sí, allí, de las manos, de los dedos y miradas de Charo, iban naciendo en el barro las paternales orejas de él, el hombre, la maternal papada de ella, la mujer, la nariz de ambos, la boca abierta, dispuesta al beso, la sonrisa y el humo, y todo lo que cada una de esas “sencillas cosas” recuerdan, representan y exigen. Sí, así, presión a presión, caricia a caricia de Charo al barro, me iba yo entibiando, reviviendo.
Al final me habitó la gratitud y la alegría por el milagro que había representado el que Charo Acera, a través de su bien hacer con el oscuro barro, me hubiese devuelto la cálida luz de la vida, por haberme permitido asistir –sin ella saberlo- a tan íntimo renacer, y así sentirlo.
Razón tenía Bernard Shaw: “Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma”.
Qué decirles de las croquetas y cañas posteriores. ¡Festín de amistad! Gracias Charo, gracias Fran, gracias Lucía, gracias a todos. Hoy, con el otoño, retoño.
Juanmaría García Campal