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miércoles, 24 de junio de 2009

Intervención en el Recorrido Literario " Don Alonso Pérez de Guzmán"

A GUZMÁN EL BUENO. ¡Ay! Mi señor Guzmán,/ he de escribir sobre vos/ y no puedo contar/ ni andanzas, ni aventuras; solo,/ de la hermosa escultura he de hablar. Me siento ignorante de vuestra existencia/ y vos de la mía, / larga y corta vida,/ para poder mirar con los ojos de la experiencia,/ por ello he de buscar/ a otros que saben y que os conocen / y que a vuestro lado siempre están. Hace unos días, / cuando me hicieron esta propuesta, /vine a veros y observaros y miré, / quién cerca puede contar,/ qué ocurrió cuando erais barro,/ cuando se hicieron los moldes/ y cuando trozo a trozo fue fundiéndose la estructura en bronce/ qué soldada cacho a cacho os dio esa enorme presencia/ de cuerpo entero/ , erguido, fornido y austero,/ de vuestro cuerpo vestido con ropajes de otras épocas,/ que si bien, en invierno os cobijan, /en verano con el calor y el color, /os asfixian. Quién queda para contar,/ en los libros de la Historia, /si además de barro, fuisteis también escayola;/ si la mano triste que el puñal suelta,/ dice de vuestra tristeza o de vuestro valor, / quién conoció al escultor… Sr. Don Guzmán el Bueno,/ el de la cara inclinada,/ es posible que cualquier viajero/ haya visto en vuestro rostro,/ en un frío amanecer de hielo,/ una lágrima por vuestro hijo,/ pero, segura estoy que del bronce nadie pudo veros, / una sonrisa,/ porque el oscuro color del semblante, / hace oscura la faz, de ese material/ que, con los años ennegrece por la pátina del viento y del hielo. No hay sonrisa en vuestro rostro/ porque os hicieron triste y quisieron que vuestro dolor se manifestara para siempre en el tiempo. Cuando vine,/ un fiel compañero encontré, / en vuestro hombro, / en el izquierdo, / hacia donde vuestra cabeza apoya la tristeza y los desvelos/ de cuidar de esta ciudad que ha ido creciendo;/ hacia el dedo,/ donde vuestra mano derecha lanza ese puñal carnicero,/ un palomo rechoncho os dice que,/ muchas familias habitan a ese lado del puente / y a vuestra espalda /, os cuenta el palomo/ como hasta San Marcos los jardines llegan / y de reojo,/ vuestro ojo, ve/ la plaza de toros y más/ pues/ a esa altura y con un poco de imaginación y de cuento,/ el palomo cuenta/ que en su vuelo ha visto miles de casas, / altas y bajas, por todos los puntos cardinales,/ y lo que fue pequeño,/ ese León de vuestro momento, /ahora, en éste,/ es inmenso. Y el palomo os cuenta que/ en la plaza, / donde el pedestal que os soporta,/ en las noches de San Juan,/ siempre hay fuego para quemar los malos sueños del pasado/ y pedir suerte y felicidad / y, que en las terrazas del café,/ que vuestros ojos no ven,/ hay muchos que en su descanso sueñan/ con ser vos,/ con esa gran espada,/ con los guantes que cuelgan de vuestra cota de malla,/ malla de cota de cuerpo entero, cuan guerrero/ y que año tras año soporta el gran peso de sus nudos metálicos que ahora solo le protegen del viento. Quien pudiera contar con ese manto que cubre vuestro cuerpo en los inviernos fríos de esta tierra,/ quien,/ cuando el palomo dormido se acurruca en ese hueco y escucha como el viento sopla/ y como las palabras que vos queréis hacer llegar al pueblo, salen volando hacia el río/ porque,/ a vuestros pies/ sereno pasa y coqueto os saluda soñando rozar vuestra postura de caballero. ¡Ay! Don Guzmán,/ aquí/ a vuestros pies observo/ y busco las huellas del tiempo/ y he de decir que os conserváis perfecto/ aunque os hicieran de bronce/ del de desecho. Es increíble/ que ni las inclemencias del tiempo,/ ni el sol/ ni el viento,/ ni las huellas de las palomas/ que tanto daño hacen a ese material vuestro/ han podido con el porte,/ con vuestro señorío y con vuestro semblante austero. Quiero pedirle a los sueños que me dejen estar dentro/ de esta escultura para mirar,/ para mirar dentro/ para ver vuestro espíritu y leer en vuestro pensamiento/ y preguntaros:/ ¿qué os parece este mundo nuestro?/ Y contaros/ que mis manos y mi alma son caricias que sin poder alcanzaros rozan vuestro paño, vuestra malla, vuestra espada y ese puñal / , que todos confunden con una prolongación de la mano que se alarga/ y manda al viajero inconforme/ a la estación si no le gusta León. Eso es un puñal, para acabar con el tiempo,/ con el dolor, con las lágrimas que vuestro rostro echa cada mañana/ cuando al abrir los ojos os veis de nuevo,/ subido en las alturas,/ con todo el peso del cuerpo, de bronce/ que el Señor Aniceto Marinas hizo para recordaros en el tiempo/ para recordaros que vuestro hijo murió en Tarifa/ y que vuestro cuerpo de bronce os mantiene de pie,/ fornido en el tiempo interminable del olvido,/ de los homenajes y festejos/ de estas guerras que no son las vuestras / de este incansable paso del tiempo. En el pedestal subido,/ hecho por un arquitecto, Gabriel Abreu y Barreda,/ de granito y piedra,/ con inscripciones que recuerdan las frases de la Historia,/ aquellas que aún se recuerdan al contar quien sois vos,/ quien os hizo,/ cual vuestra hazaña y cual vuestro dolor. Cuan morbosa es la Historia y sus recuerdos./ No se hizo la estatua por vuestras riquezas, ni tampoco por vuestra guapura,/ ni tampoco por vuestra andadura de marido, con vuestra noble esposa María Alonso Coronel por las tierras andaluzas,/ ni por vuestros triunfos como orador o, como político negociador, / ni como gestor./ Se hizo una escultura al aprieto de la vida / a ese que te agarra las entrañas y te va estrujando el alma; / representa el aguante y el dolor ,/ del orgullo, del honor de esa palabra que alguien inventó,/ para destrozar la lógica de la vida/ y defender la tierra y al pueblo/ y defender el puesto que ocupas en el gremio de los que construyen la sociedad, / en vez del de la vida, / la vida de un hombre,/ esa que a un hombre levanta del cansancio de los años para ver / el regalo de la herencia / y el lujo de tener un hijo. Dios mío,/ quien aguanta que le maten a un hijo,/ solo los locos,/ solo los hombres de hierro o de bronce,/ solo los de aquellos tiempos ,/ aquellos hombres de aquel honor, / qué eso sí que el tiempo ha cambiado y a borrado,/ porque ahora/ ya en otro tiempo,/ es más fuerte el amor que el honor,/ y uno se rendiría antes de ver a un hijo muerto. Por eso la representación del dolor es lo bueno que dejó el escultor, / sabias manos que, no solo pusieron empeño en construir un guerrero para el orgullo del pueblo,/ sino un guerrero de alma rota/ de orgullo intacto/ de honor firme/ de dolor de padre que oculta de tristeza eterna/ y de bronce, para mayor pena de aquella hazaña que el pueblo no ve. El guerrero llora cada día y cada instante/ la muerte de su infante/ y su honor de caballero, por Tarifa, por el Rey y por el Pueblo. El Maestro esculpió un semblante/ y su mano al viento y su puño izquierdo prieto, / nos dan la fuerza, las historias de todos los que en Guzmán se miran,/ de todas las historias escritas,/ de la tuya, de la tuya y de la mía. Escultura de las alturas,/ este León te honra, con el tiempo y en el tiempo, / te honra la fiereza , con que defendiste una tierra, /que ni siquiera era la tuya/ y esto es un nuevo aspecto de honor que nos recuerda el carácter de los hombres de León,/ aquellos hombres errantes que por todo el mundo están, / llevan a León en el alma y defienden la tierra donde habitan / , con el puño y con la espada. Para León y no en Tarifa, / para la historia de palabras no escritas,/ este Don Guzmán el Bueno, es bueno en material / y en semblante/ y es bueno en historias para contarle en sus sueños al palomo adormilado/ que en su silencio ve/ la lágrima de hielo que Don Guzmán el Bueno/ suelta cada mañana/ lejos de un fin que nunca dejara de serlo,/ lejos de una historia que se acabe como un cuento. Don Guzmán, aquí quieto ,/ por los siglos de los siglos, León te honra/ y mi corazón se ahoga cuando tu mano, tu cuerpo, tu manto, tu cara y tu pelo/ me cuentan esta triste historia que represento el Maestro, triste muy triste y con final eterno. Charo Acera, León 23 de junio de 2009.

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